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Siéntanse absolutamente libres de visitar CAFEDITOLANDIA cuando les plazca. Mis duendes bloggeros y yo siempre estamos tratando de lograr el mejor ambiente para nuestras visitas. Cualquier reclamo, duda o sugerencia, dirigirse a las direcciones de la Vocería. Eso sería, ¿no?
"Inferno" de Dan Brown

martes

Un viaje en Metro

(Hoy que andar en Metro es toda una experiencia religiosa y más emocionante que el Splash de Fantasilandia, republico esta historia diferente... que ocurrió en el Metro)

Hoy viajé en el tren subterráneo metropolitano, o Metro.
Hace dieciséis años comencé a utilizar este masivo medio de transporte. Y desde entonces lo que más admiro de él es la tremenda biodiversidad de seres humanos que uno puede llegar a conocer en uno de esos trenes celestes.
Al recordar esto, se vienen a mi mente imágenes de personas de todos colores, formas y texturas. Bebés, niños, adolescentes, adultos (de los jóvenes y de los otros) y ancianos se dan cita diariamente y a cualquier hora en estas cuncunas mecánicas.
La mayoría del tiempo he viajado solo en Metro. “Solo” queriendo decir sin nadie conocido. Porque andar solo en Metro es casi imposible. A menos que sea domingo en la tarde, y de preferencia verano.
Fue en un domingo como ese, hace unos años atrás, que me ocurrió algo en el Metro.
Me había comprometido a acompañar a un primo a comprarse ropa. A un mall, el único lugar con variedad de servicios una tarde de domingo veraniego. Pero nunca llegué.
Por esos años yo vivía en un sector de la comuna de Santiago. Y paradójicamente, a escasos pasos de una estación de Metro. Era por esta razón que tanto yo como mi familia utilizábamos este medio para movilizarnos por la ciudad.
El lugar adonde debía llegar estaba a sólo tres estaciones de distancia. Incluso atrasándome jamás tardaría más de veinte minutos. Pero nunca llegué.
Caminé por las desocupadas calles que separaban mi casa de la estación. Recuerdo perfectamente que era una tarde muy calurosa. Caminaba con la seguridad propia de alguien que sale de su hogar y confía inconscientemente en que volverá tal cual como salió. Yo salí a encontrarme con un primo, pero terminé encontrándome con una lección de vida.
Llegué a la estación. Compré mi boleto blanco con el logo “Metro” en él y una huincha electromagnética justo en el medio. Por primera vez el cajero de turno me deseaba un buen viaje. Lo encontré un gesto de cortesía. Luego lo recordaría como el gesto más irónico que me han dado en la vida.
Deposité el boleto en la ranura del torniquete. Acto seguido, éste me dejó pasar. Miré el reloj electrónico junto a la ranura y pensé que llegaría unos minutos antes a la cita con mi primo. Pero nunca llegué.
Bajé la escalera hacia el andén por donde pasaría en cualquier momento el tren con dirección norte. Era la única alma que esperaba que ocurriese algo en ese andén. Y cuando anhelaba ver a alguien en el andén de enfrente, me sentí aún más solo. A lo lejos escuché el inconfundible sonido del tren. Pocos segundos después se detenía para ofrecer su servicio. Se abrieron las puertas y pude confirmar la teoría del “Metro desocupado un domingo de verano por la tarde”.
Además del chofer, parecía ser el único ser humano que ocupaba algún lugar en ese monstruo mecánico. Las puertas se cerraron tras el tradicional timbre de advertencia. Comenzó a andar. Y no sé si sólo seré yo o todos quienes hemos andado alguna vez en Metro, pero llega un determinado momento en el viaje durante el cual no sabemos qué o hacia dónde mirar. Por mi parte yo miraba como siempre la publicidad que se encuentra en la parte superior de los carros. Universidades, productos comestibles, entre otros trataban de llamar la atención de los pasajeros, pero un domingo por la tarde y en pleno verano, no lograban su objetivo… a excepción, claro, de mí.
El tren se detuvo en la siguiente estación. Estaba a sólo dos estaciones de mi destino. Pero nunca llegué. Y fue por el hecho de haberse detenido en esa estación que este supuesto viaje de domingo veraniego por la tarde en Metro, jamás llegaría a su destino inicial.
La estación en cuestión era una de esas estaciones del Metro denominadas “de combinación” y que siempre son anunciadas por el chofer a través de los altoparlantes, para que así la gente que quizás viaja por primera vez o gente incapacitada o simplemente la gente que se burla de esa vocecita esté al tanto.
Fue aquí donde subió una mujer de unos treinta años aproximadamente junto a un niño de no más de diez. Ella vestía un vestido floreado de una pieza confeccionado con tela ligera, atuendo típico en la época estival. Era una mujer de rasgos tristes o de mucho trabajo. Uno acostumbra ver ese tipo de rasgos en cualquier individuo un viernes por la tarde cuando la jornada semanal de trabajo ya ha concluido, pero distinguirlos en una mujer un día domingo veraniego por la tarde y en el Metro, es algo muy curioso por decir lo menos. El niño, al contrario, era uno de esos niños mega-ultra-hiperactivos.
Sólo dos estaciones me separaban de mi destino. Pero todo transcurrió tan rápido que ya no me preocupé del destino.
La mujer, a quien luego identifiqué como la madre del niño, de pronto comenzó a sudar demasiado rápido, mientras el niño miraba fascinado por la ventanilla al exterior. Sólo unos treinta segundos después, la mujer yacía en el suelo totalmente inconsciente junto a los asientos color naranja del carro.
Lo único que recuerdo claramente fue el grito del niño: “¡Mamá!”
Fue un grito tan claro, tan fuerte, tan limpio y tan lleno de pánico que volteé en seguida. El pánico de aquel grito fue transmitido en forma inmediata a todo mi cuerpo. Lleno de pánico, atiné a correr junto al niño y junto a un cuerpo inerte de una mujer, que hace sólo un minuto se había subido con él, sólo con un gesto de agotamiento en su rostro.
Ahí me quedé en silencio. Pálido quizás. Lo único que hice fue acercar al niño a mis piernas para que siguiera llorando en ellas...
Las puertas se abrieron en la siguiente estación. No reaccioné. El llanto del niño sólo fue opacado por el timbre del cierre de puertas del carro. Seguimos andando a la siguiente y última estación. Éramos un niño desconsolado y muy asustado, el cuerpo de su madre muerta sorpresiva e inesperadamente y yo, un tipo que sólo había salido una tarde de domingo en verano a juntarse con un primo a comprar ropa.
Durante el último trayecto, pensé en muchas cosas. Principalmente en la muerte, claro está. Pero también pensé en la vida. En la vida de un niño que en menos de treinta segundos, se había quedado solo.
Se abrieron las puertas en la última estación tras escuchar el anuncio del chofer que indicaba que todos debían descender. Junto al niño, ignoramos todo eso.
El cuerpo muerto de una mujer fue hallado junto a un niño y un joven que lloraban en un
carro del Metro.
La muerte de la mujer fue atribuida a un infarto fulminante, herencia genética de su padre.
El niño hallado junto a la mujer, fue trasladado a un hogar de menores mantenido por el Estado. No se encontró a ningún familiar conocido.
El joven que lloraba pensando en la vida y la muerte, nunca llegó a reunirse con su primo para comprar ropa aquella tarde de domingo en verano.
Desde entonces, gracias a un fatídico viaje en Metro y el llanto desconsolado de un huérfano, comencé a ver la vida con otros ojos.
Cuando llegué a casa, tras todo lo que tuve que declarar a la policía y tras todo lo ocurrido, abracé muy fuerte a mi madre y le dije lo mucho que la quería.

jueves

La historia de Ariel


Lugar: un dormitorio de 3x4 mts.

Para entender esta historia, primero debo contarles acerca de Ariel.
Ariel es un chico de esos que podrían ser denominados como normales. Con sus 16 años es un chico lleno de vida y trata de vivirla lo mejor que puede en el día a día. Es un chico sano sin más vicios que hacer deportes y conocer chicas. Tiene una hermosa familia que siempre lo ha apoyado en todo. Y si a eso le sumamos que Ariel tiene muchos amigos que lo estiman y respetan mucho, entonces podríamos decir con justa razón que la vida de Ariel cae dentro del rango de lo normal.

Tiempo: algún momento entre las 12 de la noche y las 6 de la madrugada.

Eso sí, debo aclarar algo. Todo lo que he escrito referente a Ariel contiene un error. Un error cometido a propósito y que es de índole gramatical. Ariel no
es un chico normal, sino que era un chico normal.
Un día, lamentablemente para Ariel, las cosas en su vida dieron un giro drástico. Algo no salió como él esperaba. Algo que ni él ni sus padres ni sus amigos podrían haber evitado. Ariel pasó por algo que quizás a muchos de nosotros nos ha ocurrido. La vida o el destino o quizás Dios le jugaron una mala pasada a Ariel. La verdad es que no recuerdo bien el hecho puntual que cambió para siempre la vida de Ariel y la de todos los que lo conocían. ¿Mencioné que era sano? Pues lo era. Nunca había probado una ínfima gota de alcohol, por ejemplo. Pero después de eso, Ariel se nos descarriló. Y en su desesperación, un día encerrado en su dormitorio de 3x4 mts. en algún momento de la madrugada entre las 12 y las 6, Ariel tomó una decisión muy fuerte.

Tema: a veces la vida nos demuestra que hay cosas que simplemente no podemos controlar. Cosas injustas, horribles, miserables e ilógicas, pero que ocurren.

Ariel fue hallado muerto a eso de las 7 de la mañana por su padre, quien iba saliendo a un día más de trabajo. El dolor familiar fue tremendo. Único hijo y un joven con todo un futuro por delante había tomado una decisión muy fuerte. Tonta, extrema, inútil, pero muy fuerte. Su cuerpo yacía junto a un charco de un líquido que expedía un olor muy fuerte a los pies de su cama en su dormitorio. Luego, los exámenes de rigor indicaron que Ariel se había bebido la mitad del contenido original de esa botella y que eso había bastado para provocarle una intoxicación y envenanamiento de la sangre. No era alcohol, por si acaso, no se asusten. El líquido era cloro común.

Pregunta: ¿Qué mierda puede ocurrir en nuestras vidas que nos obliguen a cambiar tan drásticamente y a decidir algo tan fulminante como lo que le pasó a Ariel? ¿Qué cosas nos hacen perder la puta esperanza?

Chatear, chatear, que el mundo se va a...?


Buenas. Yo estoy cada vez más seguro que no debe existir en la actual vida moderna de nosotros, los seres humanos modernos, una actividad más peligrosa que la de chatear. Por lo demás no hemos sido ni capaces de latinizar el concepto, hacerlo nuestro. No po. Es más fácil utilizar la misma palabrita "chat" y verbalizarlo al español. Un nuevo ejemplo claro de la ley del mínimo esfuerzo o LME.
Pero bueno. "¿Por qué peligroso?", pensarán ustedes. Sencillo. Si uno tiene alrededor de 200 contactos, de los cuales sólo podemos recordar con cierta facilidad unos 50, y peor aún de esos 50 sólo 5 responden a nuestros cada vez más tímidos "hola", "ola", "ke ai", "what's up" o lo que sea, eso, señoras y señores, es un peligro para nuestra mente. Sip. Es imposible que los otros 195 contactos sólo estén ahí para hacernos sentir poderosos porque tenemos 200 contactos. Imaginen el mismo fenómeno pero con aquellos que tienen sobre 400 contactos... debería ser multado en UTM o en PLR.

Pero para no ser tan poco objetivo, analicémoslo desde el otro punto de vista. ¿Qué pasa con aquellos que teniendo sobre 300 contactos, pueden chatear con 50 al mismo tiempo? Yo los admiro. O sea, yo con mucha suerte o cuea, puedo establecer una sesion múltiple de chateo, imagínenme chateando en ventanas separadas con unas 8 personas que te preguntan las cosas más incréibles en cuestión de segundos y sin ninguna motivación evidente más que la de huevearlo a uno. Y ahí estamos todos, tratando de adivinar quién es el que me preguntó qué cosa, como más encima todas las ventanitas se ponen naranjas para avisar, nos la hace más fácil.


pedro, dice: oye, tu sabes cómo murió san josé?

cafedito (yo), dice: ehmmm... no sé...

pedro, dice: aps

(medio segundo después)

karen silvia, dice: supiste que la coté se está comiendo al vecino pajarón de la chica lucy?

cafedito, dice: ehmmm... quien es la coté?

karen silvia, dice: esa mina po, la que estaba el otro día en el carrete del pelusa.

cafedito, dice: aps... yo no fui a ese carrete po...
(quince segundos antes)

la mejor forma de decir "te amo" es diciéndotelo de frente y cuando no tengas los audífonos del pendrive puestos, dice: hola Carlos!

cafedito, dice: ehmmm... hola pelusa

la mejor forma de decir "te amo" es diciéndotelo de frente y cuando no tengas los audífonos del pendrive puestos, dice: jajaja, no po... yo no soy el pelusa, soy el vecino pajarón de la chica lucy

cafedito, dice: aps... disculpa es que... y quien te dio mi correo?


Mientras tanto, cinco personas saludan, preguntan, se despiden, creyendo que uno no tiene nada más importante que hacer. Lo peor es quedarse con ese remordimiento de no haber pescado a ese alguien que a lo mejor necesitaba de verdad saber cuándo había muerto San José. Quizás debí haberle dicho que buscara en el calendario el día que dice abajito del número "San José" porque debe corresponder al día de su fallecimiento, ¿o no?

Pero en fin. Al menos a mí me ha hecho mal. Me deja marcando ocupado la versatilidad de algunos para poder chatear tan fervientemente. Simplemente yo no puedo.

Chaíto no más.

domingo

Monólogo de un epílogo anunciado

Hola. ¿Cómo estás? Yo bien, gracias. ¿Puedo pasar?
Vine porque quiero decirte algo. Desde hace tiempo. Ya no recuerdo por qué no lo hice antes. Pero me he armado de valor. Sólo escúchame.
Has cambiado. Yo también. Hemos crecido parece. Pero tengo miedo. No me gusta verte como estás. Me da pena. Me da rabia. Me hace sentir culpable. Me duele.
Por favor no digas nada. No he terminado aún. ¿Ves? Ya ni siquiera quieres escuchar. No me gusta lo que están haciendo contigo. Y me odio a mí mismo por no hacer nada.
Estás cansado. Yo también. Es embriagador recordar los viejos tiempos. Pero ya no son. Todo es nuevo. Ambos debemos entender eso.
Sólo me resta decir que te cuides. No seas tan confiado. Caras vemos... jaja.
Gracias por todo. Te debo mucho. Y quizás tú también a mí. Pero debo irme. ¿Para siempre? No lo sé. ¿Qué crees tú? ¡No! Por favor no llores...
Como sea, cada vez que te recuerde, ojalá que estés bien. No me cansaré de hacer público cuánto te quiero. Pero de verdad cuídate. Nunca podré olvidarte.
Dame un abrazo. Tú me enseñaste a dar tremendos abrazos.
Adiós. Y gracias.
Me voy. Pero antes, quiero dedicarte el siguiente relato:

viernes

Una reflexión sesuda






Si comer caca es malo, ¿por qué aguantamos tanta mierda en este país?

    Puede ser que quede
    un solo instante o una eternidad
    no sabes lo que tienes por andar
    el tiempo lo dirá.
    Puede ser que todo lo que sueñes
    se haga realidad
    que un segundo en el camino pueda más
    que una vida entera en la oscuridad
    Ven, déjate llevar por el corazón
    no te rindas nunca y ya verás.
    Lejos llegarás, si te falta fuerza en el camino
    sabes bien que contarás conmigo.
    Dime lo que quieres, dime lo que piensas,
    dime lo que sientes cuando lo sientas.
    Dime lo que sientas y no te arrepientas.
    Dime que tú puedes, dime que tú sueñas, no te desesperes cuando te pierdas.
    Dime que lo intentas y no te arrepentirás
    Cada vez que pierdas la partida
    juega una vez más.
    Recuerda que la herida sanará,
    atrévete y verás.
    Cada vez que sientas que la vida
    te ha dejado atrás
    no olvides que aún hay tiempo
    para despertar
    un nuevo sentimiento
    grande como el mar.
    Ven, déjate llevar por el corazón
    no te rindas nunca y ya verás.
    Lejos llegarás, si te falta fuerza en el camino
    sabes bien que contarás conmigo.
    Dime lo que quieres, dime lo que piensas,
    dime lo que sientes cuando lo sientas.
    Dime lo que sientas y no te arrepientas.
    Dime que tú puedes, dime que tú sueñas, no te desesperes cuando te pierdas.
    Dime que lo intentas y no te arrepentirás
    Cada golpe del destino
    cada amigo que se va
    deja huellas que ni el tiempo borrará.
    Cada paso en el camino
    nos acerca un poco más
    a ese sueño que algún dí­a llegará.
    Ven, déjate llevar por el corazón
    no te rindas nunca y ya verás.
    Lejos llegarás, si te falta fuerza en el camino
    sabes bien que contarás conmigo.
    Dime lo que quieres, dime lo que piensas,
    dime lo que sientes cuando lo sientas.
    Dime lo que sientas y no te arrepientas.
    Dime que tú puedes, dime que tú sueñas, no te desesperes cuando te pierdas.
    Dime que lo intentas y no te arrepentirás